Escritor de cuentos, relatos y micro relatos de su autoría, desde Concepción, Tucumán, Argentina.
Poesía: Colaborador destacado

En todas buenas vacaciones es necesario tener un libro a la mano…

Jorge Eduardo Cinto
Ojo con ellas…
Andan por ahí, con su atrevido miedo, portando sus cuarenta y tantos, lindas, leídas, viajadas, sensibles.
Ojo con ellas.
Vienen de cerrar una puerta con decisión, pero sin olvido. Amaron, construyeron, parieron, cumplieron.
Amaron a su hombre, dieron alas a sus crías y ahora, desentumecieron las suyas: ¡ahí estaban!: intactas, brillantes,soberbias, majestuosas, listas para el vuelo: no ya las de un hornero, sí las de una gaviota, soberana y curiosa.
Saben de la vida y de tu hambre porque con su cuerpo han sabido saciarlas.
Expertas en estupidez y sus matices: se reconocieron inmersas en ella hasta el estupor y soportaron mucha hasta el dolor; sabrán distinguirla, no lo dudes.
Versadas en economía, la aplican en el gesto, en el andar y en su exacta sensualidad.
Ojo con sus caderas sabias: ya se estiraron y contrajeron, se estremecieron y agitaron.
Saben del amor, en todos sus colores, desde el rojo resplandor al mustio gris.
Sus piernas fuertes arrastran raíces todavía.
Prontas a sentir, van con una vieja canción en los labios, profunda intensidad en la mirada y delicada seguridad en la sonrisa.
Pero, si esta advertencia es tardía, y descubres que ya no puedes dejar de pensar en ella, entonces, ten cuidado de ahora en más, no te equivoques, no lo arruines: no les envíes un mensaje de texto, mejor invítale un café con tiempo; no recurras al e mail, preferirán sin duda un poema en servilleta. No les hagas promesas, no les vendas imagen, mejor exhibe tu autenticidad mas despojada. No caigas, por rellenar, en aturdido ruido vacuo, deja que respire un silencio en común.
Vienen de quemar las naves y cambiar comodidad indolente por riesgo vital.
Avanzan por un camino incierto, pero elegido.
En su cartera, fotos, un perfume y algunas lágrimas.
En su mirada, una decisión…
Ojo con ellas…tal vez, si tienes suerte, hay una en tu camino.
Jorge Eduardo Cinto. Publicado en Escritores de Tucuman Siglo XXI. Lucio Piérola Ediciones.
Jorge Eduardo Cinto, saludos
Me encanta Ojo con ellas…
desde España.
—Iñaki
Gracias por está sección
me encanta la Poesia
Saludos desde Cancún
– Patricia Vega
Hola, los sigo desde que comenzó la revista … a Jorge Cinto Igual me encanta
—Fatima Mendieta
Buenos días, tardes o noches
Saludos desde el otro lado del charco
—Marga
Amo la Poesía
-Marga G.
Sí, es un poquito largo para este tipo de publicaciones, pero prueben empezar, tal vez se identifiquen un poco regresando a su niñez por un ratito.
Jorge Eduardo Cinto
La niñez, la amistad y los descubrimientos.
Raúl era mi amigo, vivía a la vuelta de casa, y descubrir juntos diariamente qué juegos iban a entretener nuestros diez curiosos y aventureros años era naturalmente hermoso.
Los días transcurrían golpeando la pelota bajo el sol amable de las sierras cordobesas, intercambiando revistas de cowboys con olor a tinta, deshilachando algunas zambas en la guitarra, bañándonos en las aguas frescas y cristalinas de alguno de los múltiples arroyos cordobeses, rodeados de piedras con perfume a peperina, o tirando hondazos a pajaritos que no queríamos herir.
En los últimos días habíamos descubierto un viejo tractor abandonado en el sitio baldío de cerca de la casa de Raúl, y pasábamos largos ratos arriba de ese portento de hierro, agarrados a lo que quedaba de sus palancas, pedales y volante, conduciendo lo que por momentos era un tanque de guerra, un camión con el que traspasar las líneas enemigas o un inmenso cañón. A veces debíamos bajar a luchar en el llano, y ahí saltábamos con nuestras espadas de madera y los tártagos se convertían en letales enemigos a despedazar.
Después de merendar en alguna de nuestras casas salíamos a caminar sin rumbo por el barrio, por las anchas y arboladas veredas de Villa Dolores. Últimamente debatíamos acerca de cómo calcular los minutos y segundos sin mirar el reloj.
Un día de esos, no sé cuál, pero sé que olía a primavera, al ir llegando a la alta puerta del almacén de don Pepe, que se abría de par en par en la ochava de la esquina, casi chocamos de frente con ella. Veníamos de juntar nuestras monedas para comprar caramelos, pero nos quedamos paralizados en el umbral, viéndola entrar y pararse delante del mostrador, moviendo hipnóticamente sus medias blancas y cortas enfundadas en zapatos negros, que al apoyarse hacían tiritar brevemente los rojos y azules de las tablas de su pollera a cuadros, que tapaba apenas sus rodillas. ¿Qué fue lo que nos deslumbró? ¿Sus ojos, que presentimos verdes, por algún oportuno destello de las botellas colocadas arriba de las repisas, o su pelo castaño como un arroyo saltarín que salpicaba sus hombros tímidos? … De pronto me vi, todavía en la puerta, parado como un bobo, respirando raro, pero no imaginé cuál podría ser mi estado, hasta que lo miré a Raúl … tomado por un virus misterioso, su boca suelta dejaba ver el portillo que le había quedado de su última visita al dentista y sus ojos grandes parecían querer descifrar un terrible desconcierto en medio de un desierto de pecas.
Pasamos y nos hicimos los de esperar hasta decidir qué comprar, no sea cosa de pedir caramelos de goma delante de ella, y quedar como unos chiquilines. Pidió un kg de harina y seis huevos con una voz clara, con algún timbre grave en la a y en la o. Me gustaron sus aritos de plata con un dibujo de una flor con centro celeste. Creo, no estoy seguro, porque sus ojos parecían captar el universo, que decidió no mirarnos. Cuando se fue, olvidamos nuestra compra y salimos tras ella, mientras comentábamos en voz baja ¿quién es?
La vimos desaparecer tras la puerta de una casa, a 50 mts. del almacén, o sea, ¡a una cuadra de nuestras casas! ¿Cómo no la vimos antes? Ya voy a averiguar quién es, dijo Raúl, mientras volvíamos de una cuadra más de caminata, que habíamos hecho para disimular, mientras pateábamos naranjas agrias sintiendo como nunca el ácido dulzor del jugo que oscurecía la puntera de nuestros zapatos.
A la tarde siguiente pasó a buscarme con sus pantalones cortos y sus rulos rubios, con cierto aire de suficiencia: tenía información precisa. Se llama Alicia, dijo, y ese nombre destelló en mi cabeza como el tintineo de una campanilla de plata. Resulta, continuaba diciendo Raúl, que decidí pasar de nuevo por el frente de su casa hoy a la siesta y justo salía con sus amigas o no sé qué, ella iba adelante y una la llamó: Alicia, le dijo, y como no escuchó, le gritó de nuevo, ¡Alicia! y recién entonces se dio vuelta, cuando casi se cruzaba conmigo. Sabés que en ese momento se quedó mirándome unos segundos? No sé; dos, tres tal vez. Yo casi la saludo. Después que pasé se rieron fuerte las tres, no sé si habré hecho algo ridículo.
El tintineo de su nombre me seguía resonando en la cabeza durante el resto del día. Es curioso cómo los nombres de las personas que nos gustan nos suenan musicales, y luego conservan esa musicalidad adosada.
¿Y cuántos años calculas que tiene? dije, por decir algo que me sacara de ese pensamiento sonoro. Y no sé, más o menos como nosotros, o un poco menos, capaz que nueve, dijo mi amigo, acomodándose el escote del chaleco de lana que le había tejido su mamá la semana pasada, que le abulta atrás del cuello.
Bueno, que te parece si jugamos un rato con mi pelota en la vereda de atrás del colegio, dije, sabiendo que eso está justo en frente de la casa de Alicia.
Tenía alguna práctica en mirar de reojo, pero nunca lo había precisado como herramienta. Después de colocar una piedra a la misma distancia de dos árboles, formando los arcos, nos estábamos haciendo unos tiros cruzados como para lucirnos con algunas estiradas de arquero, cuando supimos que ella y sus acompañantes salieron a vernos, y se sentaron en el cordón de la vereda de su casa. De pronto sentí que manejaba con alguna destreza esto de mirar la pelota y espiar la reacción de las espectadoras, especialmente de ella, que, cuando me animé a posarle los ojos, me sostuvo la mirada más de lo que creí que pudiera hacerlo yo sin sonrojarme, así que inmediatamente los volví a la pelota.
Creo que Alicia ya había entendido que había una comunicación con nosotros, y la establecía con desenfado. Hacía grititos ahogados cuando alguno se lucía o se caía, y se reía -al unísono con sus compañeras – cuando errábamos el gol o nos pateábamos.
Así fue como las dos tardes siguientes concurrimos a esa tácita cita de las tardes, y Alicia estuvo allí, mirándonos, y haciendo su parte del juego.
La primera tarde volvimos agotados y casi sin hablar, mirando con fingida atención todo lo que pasaba cerca. No íbamos pasándonos la pelota mientras caminábamos, como solíamos hacer en los regresos.
La segunda, noté que Raúl se había peinado con un poco de gomina y los pelotazos eran de pronto más fuertes y sorpresivos; también que festejaba los goles con un estruendo un poco exagerado. Tanto empeño hirió un poco mi orgullo, y de pronto estábamos los dos en un partido encarnizado, mirándonos como rivales y sin un respiro. Alicia y amigas no se perdían detalle.
La tercera tarde, algo nos dijo que era mejor no ir: a los dos se nos complicaron los deberes que había que presentar al día siguiente.
Sabíamos que lo que estaba pasando no era bueno, pero nuestra experiencia no era suficiente como para definirlo. Las palabras que conocíamos no alcanzaban para describir esa experiencia, ni siquiera para nosotros.
Al día siguiente ninguno de los dos propuso jugar a nada. Nos encontramos sin querer en el galpón del papá de nuestro amigo Pedro; ahí pasamos la tarde trepando a las máquinas y maderos del aserradero, rodando por las montañas de viruta. Cuando volvíamos, alcanzamos a ver a Alicia que estaba con sus amigas en la esquina. Esa súbita aparición soltó la lengua de Raúl, que de pronto dijo: me gusta Alicia, y a vos?… Sí, es linda, dije…- Sí, pero digo – continuó – si te gusta para novia, porque a mí me gustaría decirle si quiere ser mi novia. No sé cómo se lo puedo decir, pero si a vos te gusta para novia, no, ya no le diría nada.
Lo primero que pensé fue que yo nunca me hubiese animado a decírselo a ella, así fuera que me gustara para novia, que ni siquiera sabría como se hace para ser el novio de alguien, que no habíamos cruzado una palabra, pero, además … me gustaba tanto? … Y sí, me re gusta, sino ¿por qué pienso a cada rato en ella?
Pero dije: no Raúl, decile … si a mí ni me gusta tanto, jeje.
Estaba tratando de armar la sensación quebradiza que sentía adentro, cuando le escuché decir: – mirá, ahí llega la Eloísa, mi prima, se están saludando, se ve que se conocen; ah ya sé, le voy a decir a ella que le pregunte sobre mí, si le intereso, si por qué nos va a ver cuando jugamos, si no se da cuenta de que a mí me gusta.
Dale, dije yo, y me acordé, no sé por qué, de cuando nacieron muertos dos de los cachorrillos de la perrita de mi vecina. Después nos despedimos. Se fue entusiasmado.
Al día siguiente, sábado, Raúl no apareció.
El domingo cerca del mediodía, mientras estaba yo entretenido volteando latas de tomate de la tapia, con balines de mi rifle Churrinche, escuché de pronto su voz detrás mío.
Hola, me dijo con un tono apagado. Luego se puso a juntar algunas latas caídas y a reponerlas en la tapia, pero se notaba que quería decirme algo. Ya de por sí fue raro que no haya sabido de él por dos días, ni haya intentado yo buscarlo.
Querés que vayamos a jugar en frente a la casa de Alicia, por si la ves?, dije, sintiendo un poco raro eso de referirse a ella desde el vos y no desde el nosotros.
No, mejor no, dijo y carraspeó un poquito; sabes que fui ayer y la busqué a mi prima, y le pregunté qué había averiguado. ¿A que no sabes qué me dijo? … Que le había preguntado, y que ella dijo que le gustabas vos, y que te manda saludos…
Yo, que justo tenía en el centro de la mira el dibujo concéntrico del fondo de una lata de paté, me quedé frío, no alcancé a gatillar. Tardé un poquito en bajar el rifle, porque no sabía qué cara tendría en ese momento. Me sentía halagado, es cierto, pero también – ahí lo comprendí – desorientado, desilusionado, hasta un poco triste. Los ojos de Raúl esperaban ansiosos una respuesta.
– No importa, Raúl, no le demos bola a eso, vamos a jugar a la pelota a otro lado y listo, fue lo que salió de mis labios, mientras remontaba el caño del rifle para ponerle un balín y se lo extendía. – A ver, ¡quien voltea tres latas seguidas desde esta raya!
Raúl tomo el rifle y me pareció que su cara era de alivio.
Nunca más hablamos del tema. No volvimos a jugar a la pelota en frente a lo de Alicia. Cuando la vimos otras veces, tratamos de apurar el paso en otro sentido. Creo, no estoy seguro, porque la mirada fue muy fugaz, que ella puso carita de tristeza. Poco después sus padres se fueron a vivir a otro lado. No volvimos a verla
Nuestra amistad continuó intacta durante los meses que siguieron, cinco, o seis, hasta que mi familia debió trasladarse por cuestiones de trabajo de mi papá, a Tucumán. Nunca volvimos a Villa Dolores, ni a vernos con Raúl después de ese traslado. A esa edad, uno se encariña y olvida con bastante facilidad.
Tuve nuevas y muchas distracciones en mi nuevo destino. Sin embargo, esta pequeña historia que ahora recuerdo, con muchos años más encima, tuvo su significado.
Con los años fui entendiendo lo que en ese momento había solo presentido: el encanto de Alicia residía no solo en su belleza, sino en que ambos estábamos extasiados con ella. Por alguna cuestión atávica surgió una necesidad de posesión exclusiva que la tornaría incompatible con lo que teníamos y disfrutábamos: nuestra amistad, la complicidad, la curiosidad, nuestros miedos compartidos, nuestras inseguridades, la aventura común, nuestra chica de la otra cuadra.
¿Era más importante ganarle el partido a mi amigo o jugar juntos ?
Es lo que hubiera hecho el Llanero Solitario, recuerdo haber pensado ese día, al volver a casa, sintiendo que me alejaba hacia el horizonte, en busca de nuevas aventuras.
También entendí por qué le decían solitario; por unos pocos segundos, dos, tres tal vez.
Jorge Eduardo Cinto


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