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Revista de turismo, cultura y entretenimiento… Tu próxima aventura comienza aquí.

Por: Jorge Eduardo Cinto

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Escritor de cuentos, relatos y micro relatos de su autoría, desde Concepción, Tucumán, Argentina.

Poesía: Colaborador destacado

¿Qué obra (libro, peli, canción) te cambió la manera de ver el mundo?

Poesía: la palabra que sigue respirando


Jorge Eduardo Cinto

monochrome photo of half faced woman
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Puntuación: 5 de 5.


Raúl era mi amigo, vivía a la vuelta de casa, y descubrir juntos diariamente qué juegos iban a entretener nuestros diez curiosos y aventureros años era naturalmente hermoso.

Los días transcurrían golpeando la pelota bajo el sol amable de las sierras cordobesas, intercambiando revistas de cowboys con olor a tinta, deshilachando algunas zambas en la guitarra, bañándonos en las aguas frescas y cristalinas de alguno de los múltiples arroyos, rodeados de piedras con perfume a peperina, o tirando hondazos a pajaritos que no queríamos herir.

En los últimos días habíamos descubierto un viejo tractor abandonado en el sitio baldío de cerca de la casa de Raúl, y pasábamos largos ratos arriba de ese portento de hierro, agarrados a lo que quedaba de sus palancas, pedales y volante, conduciendo lo que por momentos era un tanque de guerra, un camión con el que traspasar las líneas enemigas o un inmenso cañón. A veces debíamos bajar a luchar en el llano, y ahí saltábamos con nuestras espadas de madera y los tártagos se convertían en letales enemigos a despedazar.

Después de merendar en alguna de nuestras casas salíamos a caminar sin rumbo por el barrio, por las anchas y arboladas veredas de Villa Dolores. Últimamente debatíamos acerca de cómo calcular los minutos y segundos sin mirar el reloj.

Un día de esos, no sé cuál, pero sé que olía a primavera, al ir llegando a la alta puerta del almacén de don Pepe, que se abría de par en par en la ochava de la esquina, casi chocamos de frente con ella. Veníamos de juntar nuestras monedas para comprar caramelos, pero nos quedamos paralizados en el umbral, viéndola entrar y pararse delante del mostrador, moviendo hipnóticamente sus medias blancas y cortas enfundadas en zapatos negros, que al apoyarse hacían tiritar brevemente los rojos y azules de las tablas de su pollera a cuadros, que tapaba apenas sus rodillas. ¿Qué fue lo que nos deslumbró? ¿Sus ojos, que presentimos verdes, por algún oportuno destello de las botellas colocadas arriba de las repisas, o su pelo castaño como un arroyo saltarín que salpicaba sus hombros tímidos? … De pronto me vi, todavía en la puerta, parado como un bobo, respirando raro, pero no imaginé cuál podría ser mi estado, hasta que lo miré a Raúl … tomado por un virus misterioso, su boca suelta dejaba ver el portillo que le había quedado de su última visita al dentista y sus ojos grandes parecían querer descifrar un terrible desconcierto en medio de un desierto de pecas.

Pasamos y nos hicimos los de esperar hasta decidir qué comprar, no sea cosa de pedir caramelos de goma delante de ella, y quedar como unos chiquilines. Pidió un kg de harina y seis huevos con una voz clara, con algún timbre grave en la a y en la o. Me gustaron sus aritos de plata con un dibujo de una flor con centro celeste. Creo, no estoy seguro, porque sus ojos parecían captar el universo, que decidió no mirarnos. Cuando se fue, olvidamos nuestra compra y salimos tras ella, mientras comentábamos en voz baja ¿quién es?

La vimos desaparecer tras la puerta de una casa, a 50 mts. del almacén, o sea, ¡a una cuadra de nuestras casas! ¿Cómo no la vimos antes? Ya voy a averiguar quién es, dijo Raúl, mientras volvíamos de una cuadra más de caminata, que habíamos hecho para disimular, mientras pateábamos naranjas agrias sintiendo como nunca el ácido dulzor del jugo que oscurecía la puntera de nuestros zapatos.

A la tarde siguiente pasó a buscarme con sus pantalones cortos y sus rulos rubios, con cierto aire de suficiencia: tenía información precisa. Se llama Alicia, dijo, y ese nombre destelló en mi cabeza como el tintineo de una campanilla de plata. Resulta, continuaba diciendo Raúl, que decidí pasar de nuevo por el frente de su casa hoy a la siesta y justo salía con sus amigas o no sé qué, ella iba adelante y una la llamó: Alicia, le dijo, y como no escuchó, le gritó de nuevo, ¡Alicia! y recién entonces se dio vuelta, cuando casi se cruzaba conmigo. Sabés que en ese momento se quedó mirándome unos segundos? No sé; dos, tres tal vez. Yo casi la saludo. Después que pasé se rieron fuerte las tres, no sé si habré hecho algo ridículo.

El tintineo de su nombre me seguía resonando en la cabeza durante el resto del día. Es curioso cómo los nombres de las personas que nos gustan nos suenan musicales, y luego conservan esa musicalidad adosada.

¿Y cuántos años calculas que tiene? dije, por decir algo que me sacara de ese pensamiento sonoro. Y no sé, más o menos como nosotros, o un poco menos, capaz que nueve, dijo mi amigo, acomodándose el escote del chaleco de lana que le había tejido su mamá la semana pasada, que le abulta atrás del cuello.

Bueno, que te parece si jugamos un rato con mi pelota en la vereda de atrás del colegio, dije, sabiendo que eso está justo en frente de la casa de Alicia.

Tenía alguna práctica en mirar de reojo, pero nunca lo había precisado como herramienta. Después de colocar una piedra a la misma distancia de dos árboles, formando los arcos, nos estábamos haciendo unos tiros cruzados como para lucirnos con algunas estiradas de arquero, cuando supimos que ella y sus acompañantes salieron a vernos, y se sentaron en el cordón de la vereda de su casa. De pronto sentí que manejaba con alguna destreza esto de mirar la pelota y espiar la reacción de las espectadoras, especialmente de ella, que, cuando me animé a posarle los ojos, me sostuvo la mirada más de lo que creí que pudiera hacerlo yo sin sonrojarme, así que inmediatamente los volví a la pelota.

Creo que Alicia ya había entendido que había una comunicación con nosotros, y la establecía con desenfado. Hacía grititos ahogados cuando alguno se lucía o se caía, y se reía -al unísono con sus compañeras – cuando errábamos el gol o nos pateábamos.

Así fue como las dos tardes siguientes concurrimos a esa tácita cita de las tardes, y Alicia estuvo allí, mirándonos, y haciendo su parte del juego.

La primera tarde volvimos agotados y casi sin hablar, mirando con fingida atención todo lo que pasaba cerca. No íbamos pasándonos la pelota mientras caminábamos, como solíamos hacer en los regresos.

La segunda, noté que Raúl se había peinado con un poco de gomina y los pelotazos eran de pronto más fuertes y sorpresivos; también que festejaba los goles con un estruendo un poco exagerado. Tanto empeño hirió un poco mi orgullo, y de pronto estábamos los dos en un partido encarnizado, mirándonos como rivales y sin un respiro. Alicia y amigas no se perdían detalle.

La tercera tarde, algo nos dijo que era mejor no ir: a los dos se nos complicaron los deberes que había que presentar al día siguiente.

Sabíamos que lo que estaba pasando no era bueno, pero nuestra experiencia no era suficiente como para definirlo. Las palabras que conocíamos no alcanzaban para describir esa experiencia, ni siquiera para nosotros.

Al día siguiente ninguno de los dos propuso jugar a nada. Nos encontramos sin querer en el galpón del papá de nuestro amigo Pedro; ahí pasamos la tarde trepando a las máquinas y maderos del aserradero, rodando por las montañas de viruta. Cuando volvíamos, alcanzamos a ver a Alicia que estaba con sus amigas en la esquina. Esa súbita aparición soltó la lengua de Raúl, que de pronto dijo: me gusta Alicia, y a vos?… Sí, es linda, dije…- Sí, pero digo – continuó – si te gusta para novia, porque a mí me gustaría decirle si quiere ser mi novia. No sé cómo se lo puedo decir, pero si a vos te gusta para novia, no, ya no le diría nada.

Lo primero que pensé fue que yo nunca me hubiese animado a decírselo a ella, así fuera que me gustara para novia, que ni siquiera sabría como se hace para ser el novio de alguien, que no habíamos cruzado una palabra, pero, además … me gustaba tanto? … Y sí, me re gusta, sino ¿por qué pienso a cada rato en ella? Pero dije: no Raúl, decile … si a mí ni me gusta tanto, jeje.

Estaba tratando de armar la sensación quebradiza que sentía adentro, cuando le escuché decir: – mirá, ahí llega la Eloísa, mi prima, se están saludando, se ve que se conocen; ah ya sé, le voy a decir a ella que le pregunte sobre mí, si le intereso, si por qué nos va a ver cuando jugamos, si no se da cuenta de que a mí me gusta.

Dale, dije yo, y me acordé, no sé por qué, de cuando nacieron muertos dos de los cachorrillos de la perrita de mi vecina. Después nos despedimos. Se fue entusiasmado.

Al día siguiente, sábado, Raúl no apareció.

El domingo cerca del mediodía, mientras estaba yo entretenido volteando latas de tomate de la tapia, con balines de mi rifle Churrinche, escuché de pronto su voz detrás mío.

Hola, me dijo con un tono apagado. Luego se puso a juntar algunas latas caídas y a reponerlas en la tapia, pero se notaba que quería decirme algo. Ya de por sí fue raro que no haya sabido de él por dos días, ni haya intentado yo buscarlo.

Querés que vayamos a jugar en frente a la casa de Alicia, por si la ves?, dije, sintiendo un poco raro eso de referirse a ella desde el vos y no desde el nosotros.

No, mejor no, dijo y carraspeó un poquito; sabes que fui ayer y la busqué a mi prima, y le pregunté qué había averiguado. ¿A que no sabes qué me dijo? … Que le había preguntado, y que ella dijo que le gustabas vos, y que te manda saludos…

Yo, que justo tenía en el centro de la mira el dibujo concéntrico del fondo de una lata de paté, me quedé frío, no alcancé a gatillar. Tardé un poquito en bajar el rifle, porque no sabía qué cara tendría en ese momento. Me sentía halagado, es cierto, pero también – ahí lo comprendí – desorientado, desilusionado, hasta un poco triste. Los ojos de Raúl esperaban ansiosos una respuesta.

No importa, Raúl, no le demos bola a eso, vamos a jugar a la pelota a otro lado y listo, fue lo que salió de mis labios, mientras remontaba el caño del rifle para ponerle un balín y se lo extendía. A ver, – ¡quien voltea tres latas seguidas desde esta raya!

Raúl tomo el rifle y me pareció que su cara era de alivio.

Nunca más hablamos del tema. No volvimos a jugar a la pelota en frente a lo de Alicia. Cuando la vimos otras veces, tratamos de apurar el paso en otro sentido. Creo, no estoy seguro, porque la mirada fue muy fugaz, que ella puso carita de tristeza. Poco después sus padres se fueron a vivir a otro lado. No volvimos a verla.

Nuestra amistad continuó intacta durante los meses que siguieron, cinco, o seis, hasta que mi familia debió trasladarse por cuestiones de trabajo de mi papá, a Tucumán. Nunca volvimos a Villa Dolores, ni a vernos con Raúl después de ese traslado. A esa edad, uno se encariña y olvida con bastante facilidad.

Tuve nuevas y muchas distracciones en mi nuevo destino. Sin embargo, esta pequeña historia que ahora recuerdo, con muchos años más encima, tuvo su significado.

Con los años fui entendiendo lo que en ese momento había solo presentido: el encanto de Alicia residía no solo en su belleza, sino en que ambos estábamos extasiados con ella. Por alguna cuestión atávica surgió una necesidad de posesión exclusiva que la tornaría incompatible con lo que teníamos y disfrutábamos: nuestra amistad, la complicidad, la curiosidad, nuestros miedos compartidos, nuestras inseguridades, la aventura común, nuestra chica de la otra cuadra.

¿Era más importante ganarle el partido a mi amigo o jugar juntos ?

Es lo que hubiera hecho el Llanero Solitario, recuerdo haber pensado ese día, al volver a casa, sintiendo que me alejaba hacia el horizonte, en busca de nuevas aventuras.

También entendí por qué le decían solitario; por unos pocos segundos, dos, tres tal vez.

children playing soccer at sunset on field
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two boys in black and white
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Jorge Eduardo Cinto

couple on promenade at sunrise
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Hoy a Juan se le dio por subir temprano al techo. Puso la escalera nueva, eso sí, no se le hubiera ocurrido trepar por la tapia e ir haciendo equilibrio hasta la losa que cubre la galería, como recordaba. Su esposa está convencida de que debe de haber detectado algún desperfecto o está buscando un pretexto para estrenar la escalera. Qué le dio al viejo?, piensan sus hijos. Tampoco es que Juan lo tenga muy claro. Ayer vio la escalera desplegable en la ferretería y tuvo dos pensamientos que se amañaron con la mayor naturalidad: mañana es el día del niño; no hay niños ya en casa. La compró; de todos modos, hay tanta rama alta que podar en el jardín! Masticando el último bocado del desayuno fue hacia la escalera, como siguiendo un plan trazado esa misma noche. Sube sintiendo que cada peldaño atrasa años, trae vivencias y perfumes. El vecindario ha cambiado, sí, pero muchos árboles no. Los lapachos ya empiezan a estallar en amarillos y rosas. La brisa de agosto navega en azahares tempranos, algún perro ladra con voz conocida. Juancito lo está esperando al final del sexto escalón. Van juntos hasta abajo del tanque de agua, donde solían guarecerse en mañanas complicadas. Respiran un rato ese aire de libertad y poder que da mirar las cosas desde arriba, sin ser visto. Así nos mirará Dios, pensábamos entonces, dice Juan. Charlan un rato. Hablan de cosas que no pudieron entender entonces y aclaran un poco las que habían malentendido. Lamentan sueños incumplidos, se solazan de los cumplidos. Juancito le pregunta cómo es que todavía tiene algunos miedos, con lo grandote que es. Se ríen con ganas. Se dan un abrazo. Se despiden hasta el próximo encuentro. Juan no da ninguna explicación al bajar. Se limita a lanzar una sonrisa que parece infantil.

La canción que está tarareando ahora, mientras aviva el fuego del asado es desconocida para su familia.

Jorge Eduardo Cinto

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Photo by Anastasiya Pavlova on Pexels.com

Algo hay en la sensual demarcación del movimiento de sus hombros, que hace sospechar que la brisa no debe ser inocente; algo en la parsimoniosa caricia a las vocales abiertas durante el transcurrir de sus frases, o en el temblor sanguíneo casi imperceptible de sus labios, en el modo de aposentarse en un lugar, como si siempre hubiese sido suyo, y sin embargo parecer tan fresca y recién llegada en el natural despliegue de sus brazos y piernas, que inevitablemente me hacen verla como una flor. Sonrío con mi secreto pensamiento. No puedo decírselo; arrugaría la nariz con lo de “frágil y efímera”, aunque no estén en la frase, además de acusar de cursi mi piropo.

Ella se lo pierde, pienso, mientras guardo la perfumada imagen para marcar la página del libro que estoy leyendo en esta verde mañana.

upland cotton in close up photography

SALUD amigos!!!

black and white photography
Photo by cottonbro studio on Pexels.com

Delicadeza pasaría a ser un vocablo mal visto.

La sonrisa y los ojos se despoblarían de mensajes.

La cinética ignoraría el verdadero riesgo de una curva o el preciso vaivén de una cadera.

La geometría, la inquietante definición de un triángulo brindada por el suave abismo de un pubis, o el excitante mensaje de lo redondo.

El arte, la preciosa síntesis de unas piernas que se cruzan.

Desconocido sería el suspenso creado por el límite fluctuante de una falda.

La curiosidad encogería de aburrimiento.

Las bibliotecas extrañarían poemas y novelas en sus grandes espacios vacíos.

Los niños crecerían sin animarse a llorar.

Las canciones languidecerían relatando sólo hazañas y proezas.

La belleza no encontraría el equilibrio.

Agonizaría la intuición.

Los espejos empañarían de tristeza.

La suavidad no sabría de pieles.

Un mundo sin mujeres.

Jorge Eduardo Cinto

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