Por: Mtra. Stefany L. Martínez más de 10 años de experiencia en el mundo de los pequeños.


LA INFANCIA NO DEBERÍA TENER PRISA
Son las 7:15 de la mañana.
Una mochila sobre el sofá. Un uniforme a medio abrochar. Un desayuno que quedó a la mitad porque ya es hora de salir.
—¡Apúrate, que vamos a llegar tarde!
El niño toma sus cosas y corre hacia la puerta.
Después vendrá la escuela. Al terminar, quizá habrá entrenamiento de fútbol. Más tarde, una clase de inglés, música o alguna otra actividad. Al llegar a casa habrá tarea, baño, cena y, si queda tiempo, unos minutos para jugar.
Un día más.
Una agenda más.
Una infancia que, sin darnos cuenta, comienza a parecerse demasiado a la agenda de un adulto.
Vivimos con la sensación de que siempre hay algo que hacer. Y esa idea también ha llegado a la infancia.
Queremos que nuestros hijos aprovechen su tiempo, que desarrollen habilidades, que aprendan otro idioma, practiquen algún deporte, descubran sus talentos y estén preparados para un futuro cada vez más competitivo.
Y no hay nada malo en querer ofrecerles oportunidades.
La pregunta aparece cuando, en nuestro deseo de darles todo, comenzamos a dejarles cada vez menos tiempo para simplemente ser niños.
Cuando el tiempo libre se volvió un lujo
Hubo una época en la que una tarde podía significar salir a jugar a la calle, inventar una historia, andar en bicicleta, construir una casa con cobijas o simplemente sentarse a mirar por la ventana porque no había nada más que hacer.
Hoy, para muchos niños, el tiempo está cuidadosamente organizado.
Escuela Tarea Actividad Entrenamiento Clase Pantalla Dormir Volver a empezar.
Incluso el juego, una de las actividades más importantes durante la infancia, puede terminar convertido en algo que debe ocurrir dentro de un horario.
Pero jugar no debería necesitar una agenda.
Un niño necesita espacios en los que nadie le diga qué debe hacer a continuación.
Espacios donde pueda inventar, explorar, aburrirse, equivocarse, negociar con otros niños, crear sus propias reglas y descubrir qué hacer con su imaginación.
Porque cuando un niño juega no está perdiendo el tiempo. Está aprendiendo a vivir.
El valor de no hacer nada
Para los adultos, el aburrimiento puede parecer un problema que necesita solucionarse inmediatamente.
—Estoy aburrido.
Y entonces aparece la respuesta casi automática:
—Ve a ver qué haces.
O buscamos una actividad, un juguete, una película, un videojuego o un teléfono que ocupe ese espacio vacío.
Pero el aburrimiento también tiene algo que enseñarnos. Cuando no existe una actividad preparada, el niño tiene que crearla:
- Una caja puede convertirse en una casa.
- Una sábana, en una tienda de campaña.
- Un palo, en una espada.
- El patio puede convertirse en una selva.
La imaginación comienza precisamente cuando dejamos de ofrecerles todo listo.
Quizá por eso necesitamos dejar de mirar el tiempo libre como tiempo perdido.
¿Estamos llenando demasiado sus días?
Por supuesto, cada familia tiene circunstancias distintas. Hay niños que disfrutan enormemente practicar un deporte, aprender música o asistir a actividades después de clases.
El problema no está en las actividades, está en la ausencia de equilibrio.
Un niño también necesita tiempo para descansar. Para conversar con sus padres sin que exista una tarea de por medio. Para jugar con sus hermanos. Para estar con sus amigos. Para leer porque quiere y no porque se lo dejaron de tarea.
Necesita incluso momentos en los que no esté produciendo nada.
Porque desde pequeños hemos comenzado a asociar el tiempo con rendimiento.
- Si estamos aprendiendo, estamos aprovechándolo.
- Si estamos practicando, estamos aprovechándolo.
- Si estamos desarrollando una habilidad, estamos aprovechándolo.
Pero la infancia no debería medirse únicamente por cuánto se aprende o cuánto se logra.
También debería medirse por cuánto se disfruta.
- Por cuántas veces se corre sin tener prisa.
- Por cuántas tardes terminan con las rodillas sucias.
- Por cuántas historias se inventan.
- Por cuántas carcajadas aparecen sin motivo.
- Por cuántas veces un niño puede decir: “Hoy no hice nada.”
Jugar no es perder el tiempo
Existe una idea que vale la pena recuperar: el juego también educa.
Cuando dos niños construyen juntos una torre, aprenden a colaborar. Cuando discuten porque ambos quieren el mismo juguete, aprenden a negociar. Cuando inventan reglas, desarrollan pensamiento creativo. Cuando pierden, aprenden a tolerar la frustración. Cuando imaginan mundos diferentes, ejercitan su capacidad de crear. Cuando juegan solos, descubren intereses, habilidades y formas propias de resolver problemas.
Todo eso ocurre sin cuadernos, sin exámenes y sin que nadie tenga que decirles: “Ahora vamos a aprender”.
Quizá porque hemos relacionado demasiado la palabra aprendizaje con la escuela, hemos olvidado que los niños aprenden durante toda su infancia, incluso cuando aparentemente no están haciendo nada importante.
Y nosotros también tenemos prisa
Pero hay algo más que vale la pena reconocer.
Quizá nuestros hijos no son los únicos que viven con prisa… Nosotros también.
Corremos para llegar al trabajo. Para recogerlos. Para preparar la comida. Para responder mensajes. Para cumplir pendientes. Para llevarlos a sus actividades. Y entonces llegamos al final del día agotados.
- Queremos pasar tiempo con ellos, pero estamos cansados.
- Queremos jugar, pero tenemos pendientes.
- Queremos escuchar cómo estuvo su día, pero estamos pensando en todo lo que falta por hacer.
No siempre se trata de falta de amor, muchas veces se trata de falta de tiempo.
Por eso, recuperar una infancia menos acelerada también implica preguntarnos por nuestra propia relación con el tiempo.
Tal vez no podamos cambiar toda nuestra rutina. Tal vez no podamos eliminar las responsabilidades ni las actividades. Pero quizá sí podamos proteger pequeños espacios: una cena sin teléfonos, una caminata sin prisa, diez minutos en el suelo jugando, una historia antes de dormir, una tarde sin planes, un domingo en el que nadie tenga que llegar a ningún lado. No necesitamos horas perfectas, necesitamos momentos verdaderamente presentes.
¿Qué recordarán nuestros hijos?
Hay una pregunta que puede ayudarnos a mirar todo esto desde otra perspectiva: ¿Qué queremos que nuestros hijos recuerden de su infancia?
Probablemente no recordarán todas las tardes en las que llegaron puntuales a cada actividad. Quizá tampoco recuerden cuántas clases tomaron durante un verano. Pero podrían recordar aquella tarde en la que papá se sentó en el piso para construir una ciudad con bloques. La vez que mamá permitió que la cena esperara porque estaban jugando. Las tardes en las que no había nada urgente que hacer.
Los momentos aparentemente pequeños suelen convertirse en los recuerdos más grandes.
Y quizá ese sea uno de los regalos más importantes que podemos ofrecerles: una infancia que no necesite correr para llegar a ninguna parte.
Porque nuestros hijos tendrán toda una vida para conocer las prisas.
Llegarán las responsabilidades, los horarios, los pendientes, las obligaciones y los días en los que habrá que correr de un lugar a otro.
La infancia, en cambio, dura mucho menos de lo que creemos. Un día descubrimos que aquel niño que necesitaba nuestra mano para cruzar la calle ya no la busca. Que aquella niña que quería que jugáramos con ella ahora prefiere estar con sus amigas. Que los juguetes están guardados. Y entonces comprendemos que no necesitábamos llenar cada minuto, necesitábamos estar ahí mientras esos minutos ocurrían.
Darles tiempo también es educarlos
Quizá educar no siempre significa enseñar algo nuevo.
A veces significa crear las condiciones para que nuestros hijos puedan descubrirlo por sí mismos.
- Dejarlos jugar.
- Dejarlos aburrirse.
- Dejarlos imaginar.
- Dejarlos descansar.
- Dejarlos ser niños.
Un niño que ha tenido tiempo para jugar, explorar, conversar y descansar no está desperdiciando su infancia: está construyendo recursos que llevará consigo durante toda su vida.
Así que quizá esta semana podamos hacer algo sencillo: mirar el calendario de nuestros hijos, observar sus actividades y preguntarnos, con honestidad: ¿Hay espacio para jugar?, ¿Hay espacio para descansar?, ¿Hay espacio para estar juntos sin tener que cumplir ningún objetivo?
Si la respuesta es sí, cuidémoslo. Y si la respuesta es no, quizá sea momento de hacer un poco de espacio; porque la infancia no necesita más prisa, necesita tiempo: tiempo para jugar, para equivocarse, para imaginar, para aburrirse, para preguntar y para descubrir el mundo a su propio ritmo. Y mientras nosotros intentamos llenar cada espacio de su agenda, existe otro elemento que ya ocupa una parte importante de ese tiempo: una pantalla.
Un dispositivo que puede entretener, enseñar, conectar y abrirles una ventana enorme al mundo… pero que también puede convertirse, sin darnos cuenta, en el sustituto del juego, de la conversación y hasta del aburrimiento.
En nuestra próxima entrega entraremos precisamente en ese territorio.
¿Qué ocurre cuando la infancia crece acompañada de una pantalla?
Porque quizá la pregunta ya no sea solamente cuánto tiempo tienen nuestros hijos, sino qué estamos haciendo con ese tiempo y quién está acompañándolos mientras descubren el mundo.


EDUCAR EN COMUNIDAD
¿ESTAMOS CRIANDO NIÑOS FELICES O NIÑOS QUE NUNCA SE FRUSTRAN?
Son las seis de la tarde y en la sala de una casa cualquiera ocurre una escena que probablemente se repite todos los días en miles de hogares.
Un niño está haciendo la tarea.
Después de varios intentos, borra una respuesta. La vuelve a escribir. La vuelve a borrar.
—No puedo —dice finalmente.
Su mamá se acerca.
—A ver, yo te ayudo.
El niño le entrega el lápiz.
Ella explica el ejercicio, le señala dónde está el error y, unos minutos después, el problema está resuelto.
El niño sonríe.
La mamá también.
La tarea está terminada.
Y pareciera que todos ganaron.
Pero quizá, sin darnos cuenta, se quedó pendiente una pregunta:
¿Qué habría pasado si lo hubiéramos dejado intentarlo un poco más?
Vivimos en una época en la que queremos que nuestros hijos sean felices. Queremos verlos sonreír, sentirlos seguros, evitarles sufrimientos innecesarios y abrirles el camino para que puedan avanzar con menos dificultades de las que nosotros tuvimos.
Y es completamente natural.
El problema aparece cuando, en nuestro deseo de protegerlos, comenzamos a confundir felicidad con ausencia de frustración.
Porque frustrarse también forma parte de crecer.
Cuando proteger se convierte en resolver
Hay una frase que muchos padres han pronunciado alguna vez:
“Déjame hacerlo para que no batalles.”
Y tiene sentido.
Es más rápido amarrar los zapatos que esperar a que un niño pequeño lo intente cinco veces. Es más sencillo resolverle un conflicto que escucharlo contar durante veinte minutos lo que ocurrió con un compañero. Es mucho más práctico darle la respuesta que verlo equivocarse una y otra vez.
Pero cada vez que hacemos por nuestros hijos aquello que ya podrían comenzar a hacer por sí mismos, les quitamos una pequeña oportunidad de descubrir algo fundamental:
“Puedo hacerlo.”
La sobreprotección no siempre se presenta como algo evidente. No necesariamente significa impedir que los hijos salgan, jueguen o enfrenten situaciones nuevas.
A veces se esconde detrás del amor.
- En la tarea que hacemos por ellos.
- En el conflicto escolar que resolvemos directamente con el adulto antes de permitirles expresar lo que sienten.
- En el juguete que compramos inmediatamente para evitar una decepción.
- En la necesidad de intervenir cada vez que algo no sale como esperaban.
Queremos evitarles el dolor, pero en ocasiones terminamos evitando también la posibilidad de que desarrollen herramientas para enfrentarlo.
La frustración no es enemiga de la felicidad
Frustrarse significa descubrir que las cosas no siempre ocurren como queremos.
- El juego no salió como esperábamos.
- El amigo no quiso jugar.
- El dibujo no quedó como lo imaginábamos.
- La calificación no fue la que deseábamos.
- El equipo perdió.
- No conseguimos lo que pedimos.
- Nos equivocamos.
Y sí, algunas de esas experiencias duelen.
Pero ninguna de ellas, por sí sola, significa que un niño sea infeliz.
De hecho, aprender a atravesar pequeñas frustraciones puede ayudar a desarrollar paciencia, tolerancia, autonomía y capacidad para buscar alternativas.
Un niño que aprende que puede equivocarse sin que el mundo se derrumbe comienza a construir una relación diferente con el error.
- Ya no necesita hacerlo todo perfecto para sentirse capaz.
- Ya no necesita ganar siempre para sentirse valioso.
- Ya no necesita que un adulto aparezca inmediatamente para solucionar cada dificultad.
Empieza a descubrir algo mucho más importante: que puede enfrentar algunas cosas por sí mismo.
El problema no es que nuestros hijos se frustren
El problema sería dejarlos solos frente a esa frustración.
Existe una diferencia enorme entre proteger y acompañar.
Proteger puede significar quitarles constantemente los obstáculos.
Acompañar significa permanecer cerca mientras aprenden a enfrentarlos.
No es lo mismo decir: “No te preocupes, yo lo hago.”
Que decir: “Sé que te está costando. ¿Quieres que pensemos juntos cómo podrías intentarlo?”
En la primera respuesta, el adulto resuelve.
En la segunda, el adulto acompaña.
Y esa diferencia puede parecer pequeña, pero tiene enormes consecuencias en la manera en que un niño construye su autonomía.
Acompañar también significa permitir que existan consecuencias naturales y pequeñas decepciones dentro de entornos seguros.
- Si olvidó un material escolar, quizá no siempre tengamos que correr a llevárselo.
- Si perdió un juego, quizá no necesitemos explicar por qué el otro hizo trampa.
- Si una tarea le parece difícil, quizá podamos sentarnos a su lado sin tomar el lápiz.
No se trata de endurecer la infancia. Se trata de confiar en que nuestros hijos pueden aprender.
¿Y si dejamos de buscar hijos que nunca sufran?
Tal vez una de las preguntas más difíciles para quienes somos adultos responsables de la crianza sea esta: ¿Podemos tolerar nosotros la frustración de nuestros hijos?
Porque muchas veces el niño está dispuesto a intentarlo, pero somos nosotros quienes no soportamos verlo equivocarse.
- Nos angustia verlo llorar.
- Nos desespera que tarde.
- Nos preocupa que fracase.
- Nos duele que alguien lo rechace.
Y entonces intervenimos.
No porque queramos limitarlo, sino porque queremos aliviar su malestar.
Pero la infancia necesita también espacios donde los niños puedan descubrir que una emoción incómoda puede sentirse intensamente y, aun así, pasar.
- Que se puede llorar y después volver a intentarlo.
- Que se puede perder y volver a jugar.
- Que se puede equivocarse y aprender.
- Que se puede escuchar un “no” y seguir adelante.
- Que una dificultad no define quiénes somos.
Educar también es confiar
Quizá la crianza no consista en construirles a nuestros hijos un camino sin piedras. Quizá consista en enseñarles a caminar cuando aparezcan; para ello necesitamos estar presentes, pero no siempre al frente. Necesitamos poner límites, pero también permitir libertad. Necesitamos ofrecer ayuda, pero saber cuándo retirarla. Necesitamos cuidar, pero también confiar. Porque algún día llegará el momento en que ya no podremos resolverles la tarea, hablar por ellos, intervenir en cada conflicto o evitarles cada decepción. Y sería maravilloso que, cuando llegue ese día, puedan mirar hacia atrás y pensar: “Mis padres no hicieron todo por mí. Me enseñaron que yo también podía hacerlo.”
La verdadera felicidad de un niño probablemente no se encuentra en una infancia donde nunca existe la frustración. Se encuentra en saber que, cuando algo sale mal, tiene herramientas para enfrentarlo y personas que estarán ahí para acompañarlo.
Quizá nuestro trabajo como adultos no sea eliminar todas las dificultades del camino, sino ayudar a nuestros hijos a descubrir que son capaces de atravesarlas. Porque protegerlos de todo puede hacer que el mundo parezca más sencillo durante un tiempo. Pero enseñarles a enfrentarlo los prepara para toda la vida y tal vez ahí se encuentre una de las formas más profundas de amor: no quitarles cada piedra del camino, sino caminar a su lado hasta que aprendan a saltarlas.
La infancia, sin embargo, enfrenta hoy otro desafío.
Mientras intentamos proteger a nuestros hijos de las dificultades, también hemos comenzado a llenar sus días de actividades, horarios, clases, tareas y compromisos. Queremos que aprendan idiomas, practiquen deportes, desarrollen talentos y aprovechen cada oportunidad.
Pero, en medio de tantas cosas por hacer, quizá hemos olvidado algo esencial: el tiempo para simplemente ser niños.
En nuestra próxima entrega hablaremos de eso: de la infancia que corre de una actividad a otra, del valor del juego, del aburrimiento y de la importancia de recuperar espacios donde nuestros hijos no tengan que producir, aprender o alcanzar nada.
Porque a veces, para crecer, los niños también necesitan algo que los adultos hemos olvidado regalarles: tiempo.


Tercera entrega: El reto de volver a caminar juntos.
Construir comunidad: cuando educar vuelve a ser tarea de todos.
Hay momentos en la vida de una escuela que no aparecen en ningún calendario.
Una madre que se queda unos minutos después de una reunión para preguntarle a la maestra cómo puede ayudar a su hijo.
Un docente que, antes de terminar su jornada, llama a una familia no para hablar de un problema, sino para contarle algo bueno que hizo su hijo.
Un director que abre las puertas de su oficina y dice: “Hablemos”.
Son momentos pequeños.
No aparecen en las fotografías de los festivales ni en las ceremonias escolares. No se anuncian en redes sociales ni forman parte de los grandes proyectos institucionales.
Y, sin embargo, ahí comienza a construirse una comunidad.
En las dos entregas anteriores hablamos de una realidad que pocas veces se observa desde afuera. Primero, de la presión que viven docentes y directivos al intentar responder a las múltiples necesidades de las escuelas actuales. Después, de la relación entre las familias y las instituciones educativas, y de cómo, poco a poco, la desconfianza puede convertir a quienes deberían ser aliados en personas que sienten que están en lados diferentes.
Hoy llegamos a la pregunta más importante:
¿Qué podemos hacer para volver a encontrarnos?
La respuesta no está en encontrar una escuela perfecta, una familia perfecta o docentes que nunca se equivoquen. Tampoco consiste en evitar los desacuerdos.
Construir comunidad significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: decidir que, aun cuando pensemos diferente, estamos dispuestos a trabajar en la misma dirección.
Una escuela no se construye solamente con paredes.
Cuando pensamos en una escuela, solemos imaginar salones, patios, pizarrones, libros y uniformes.
Pero una escuela es mucho más que eso.
Es la suma de las personas que la habitan.
Son los niños que llegan cada mañana con sus sueños y preocupaciones. Son los maestros que preparan una clase buscando despertar curiosidad. Son los directivos que toman decisiones intentando cuidar el equilibrio de toda una comunidad. Son las familias que acompañan desde casa, que preguntan, que se preocupan y que también desean lo mejor para sus hijos.
Por eso, una escuela puede tener excelentes instalaciones y grandes proyectos académicos, pero difícilmente podrá considerarse una comunidad si las personas que la integran no se sienten escuchadas, respetadas y tomadas en cuenta.
La comunidad no se construye con discursos.
Se construye con vínculos.
Volver a escucharnos
Quizá uno de los primeros pasos sea recuperar algo que parece sencillo, pero que en tiempos de tanta prisa hemos ido perdiendo: la capacidad de escucharnos.
Escuchar no significa estar de acuerdo.
Significa intentar comprender antes de responder.
Una familia puede acercarse a un maestro porque algo le preocupa sin que eso tenga que convertirse en una confrontación.
Un docente puede expresar una inquietud sobre un alumno sin que la familia tenga que sentir que está siendo juzgada.
Un directivo puede tomar una decisión difícil y, al mismo tiempo, explicar las razones que existen detrás de ella.
Cuando existe comunicación, incluso las conversaciones incómodas pueden convertirse en oportunidades para construir.
Cuando dejamos de comunicarnos, los silencios comienzan a llenarse de suposiciones.
Y las suposiciones, casi siempre, terminan alejándonos.
La confianza también se educa
La confianza no aparece de un día para otro.
Se construye poco a poco, en cada conversación, en cada compromiso cumplido y en cada gesto de respeto.
Una familia confía en una escuela cuando siente que su hijo es visto como una persona y no únicamente como un número en una lista.
Un maestro confía en una familia cuando sabe que su trabajo será acompañado y no cuestionado automáticamente ante cada dificultad.
Un directivo confía en su equipo cuando puede delegar, escuchar y reconocer que no todas las respuestas tienen que venir de una sola persona.
La confianza tampoco significa creer que todo está bien. Significa saber que, cuando algo no está bien, existe la disposición para hablarlo y buscar una solución.
Educar también es ponernos de acuerdo.
Los niños necesitan mensajes coherentes.
Necesitan saber que los adultos que los acompañan pueden tener diferentes personalidades, opiniones y maneras de hacer las cosas, pero comparten ciertos principios fundamentales.
- El respeto.
- La responsabilidad.
- La empatía.
- El esfuerzo.
- La honestidad.
Cuando casa y escuela transmiten valores similares, el niño encuentra un marco de seguridad que le permite desarrollarse con mayor confianza.
Por supuesto, no siempre será posible coincidir en todo. Habrá diferentes formas de entender una situación y distintas expectativas.
Pero quizá la pregunta más útil no sea: “¿Quién tiene la razón?”
Sino: “¿Qué necesita este niño de nosotros?”
Cambiar esa pregunta puede transformar por completo una conversación.
Los pequeños actos también cambian una comunidad
A veces pensamos que para transformar una escuela necesitamos grandes proyectos, programas innovadores o estrategias extraordinarias.
Y sí, muchas de esas herramientas son valiosas.
Pero una comunidad también cambia con acciones pequeñas:
- Con un “gracias” después de una jornada complicada.
- Con un maestro que reconoce el esfuerzo de un alumno.
- Con un padre que pregunta cómo puede colaborar antes de expresar una inconformidad.
- Con una directora que escucha a su equipo.
- Con una familia que enseña a sus hijos a respetar a sus maestros.
- Con una escuela que reconoce que detrás de cada familia existe una historia que merece ser comprendida.
Cada uno de esos gestos parece insignificante.
Hasta que se repite.
Y vuelve a repetirse.
Y entonces comienza a formar algo mucho más grande: una cultura de respeto y colaboración.
Porque al final, todos queremos lo mismo
Quizá esa sea la idea que más necesitamos recordar.
Cuando una familia y una escuela discuten, cuando un maestro se siente cuestionado, cuando un padre siente que no está siendo escuchado o cuando un directivo intenta resolver una situación compleja, es fácil olvidar que, en la mayoría de los casos, todos parten de una preocupación común: los niños, su bienestar, su aprendizaje, su futuro.
No siempre tendremos las mismas respuestas, pero podemos compartir el mismo propósito.
Y eso debería ser suficiente para comenzar a encontrarnos nuevamente.
Porque educar nunca ha sido una tarea que pueda realizar una sola persona. No puede hacerlo únicamente una maestra frente a un pizarrón. No puede hacerlo solamente una madre o un padre desde casa. No puede hacerlo un director desde su oficina.
Educar requiere de una red.
Una red de adultos que acompañen, que pongan límites, que enseñen, que escuchen, que corrijan, que reconozcan y que, sobre todo, comprendan que cada acción que realizamos alrededor de un niño deja una huella.
El verdadero reto
Tal vez el gran desafío de nuestras escuelas no sea únicamente enseñar más.
Tal vez sea aprender a caminar juntos.
Aprender a mirar al otro no como una amenaza, sino como un aliado. Aprender que una escuela no pierde autoridad cuando escucha a las familias, así como una familia no pierde autoridad cuando reconoce el trabajo de un maestro. Aprender que pedir ayuda no es una señal de debilidad y que reconocer un error no nos hace menos valiosos. al contrario, nos hace humanos.
Y quizá eso sea precisamente lo que necesitan nuestras escuelas: espacios donde, además de enseñar a nuestros niños a resolver problemas, también les mostremos con nuestro ejemplo que las diferencias pueden dialogarse, que los conflictos pueden transformarse y que trabajar juntos siempre será más poderoso que hacerlo por separado.
Porque algún día esos niños crecerán.
Serán adultos, padres, profesionistas, ciudadanos y líderes.
Y mucho de lo que aprenderán sobre la manera de relacionarse con los demás no estará escrito en un libro. Lo aprenderán observándonos, observarán cómo hablamos de sus maestros, cómo resolvemos nuestras diferencias, cómo tratamos a quienes piensan distinto, cómo respondemos cuando algo no sale como esperábamos y quizá ahí esté nuestra mayor responsabilidad. No solamente enseñarles qué pensar, sino mostrarles cómo construir con otros.
Volver a creer en el “nosotros”.
Una comunidad educativa no nace cuando todos pensamos igual.
Nace cuando, a pesar de nuestras diferencias, elegimos cuidarnos.
Cuando dejamos de preguntarnos quién tiene la culpa y comenzamos a preguntarnos qué podemos hacer.
Cuando entendemos que la escuela no es “de los maestros”, ni “de los directivos”, ni “de los padres”.
La escuela es de todos los que creen que educar puede transformar una vida.
Por eso, quizá el cambio que necesitamos no sea tan lejano como parece.
Puede comenzar mañana.
En un saludo.
En una conversación.
En una escucha.
En una disculpa.
En un reconocimiento.
En una mano que se extiende en lugar de señalar.
Porque las grandes comunidades se construyen precisamente así: con pequeños actos de personas que deciden confiar unas en otras.
Y cuando una familia y una escuela dejan de preguntarse quién debe cargar con la responsabilidad y comienzan a compartirla, algo cambia.
Los maestros ya no sienten que educan solos.
Las familias ya no sienten que deben enfrentar solas los desafíos de sus hijos.
Los directivos dejan de ser únicamente quienes resuelven problemas y se convierten en quienes ayudan a unir las piezas.
Y los niños reciben el mensaje más importante de todos:
hay adultos que están dispuestos a caminar juntos por ellos.
Tal vez ese sea el verdadero significado de educar en comunidad.
No tener todas las respuestas.
No hacerlo todo bien.
No evitar las dificultades.
Sino saber que, cuando lleguen, no tendremos que enfrentarlas solos.
Porque detrás de cada niño que aprende hay una familia que acompaña, un maestro que enseña y una comunidad que sostiene.
Y mientras sigamos creyendo que vale la pena construir ese puente entre casa y escuela, todavía tendremos una de las herramientas más poderosas para transformar nuestro futuro:
la certeza de que educar juntos siempre será mejor que educar por separado.


EDUCAR EN COMUNIDAD
Segunda entrega: ¿En qué momento dejamos de vernos como aliados?
La educación no ocurre solo en la escuela.
Son las siete de la tarde y una maestra termina de revisar cuadernos en la mesa del comedor de su casa. Entre las páginas encuentra una nota escrita con prisa: “Maestra, necesito hablar con usted. Mi hijo dice que nadie le ayuda en clase”.
A varios kilómetros de ahí, una madre observa a su hijo frustrado frente a la tarea y piensa: “Algo está pasando en la escuela; antes disfrutaba aprender”.
Ambas están preocupadas por el mismo niño.
Ambas quieren ayudarlo.
Y, sin embargo, muchas veces, la sensación es que se encuentran en lados opuestos.
En la entrega anterior hablamos de la presión que enfrentan docentes y directivos en las escuelas actuales. Comprendimos que enseñar hoy implica mucho más que transmitir conocimientos. Pero esa reflexión nos conduce inevitablemente a una pregunta más profunda: ¿de dónde surge parte de esa tensión que se vive cotidianamente en las comunidades escolares?
La respuesta no es simple, aunque una parte importante tiene que ver con la relación entre la familia y la escuela.
Cuando educar era una tarea compartida.
Durante generaciones, la educación de los hijos se entendía como una responsabilidad compartida. La familia ofrecía las primeras bases: hábitos, límites, valores y acompañamiento emocional. La escuela complementaba ese trabajo proporcionando conocimientos, experiencias de convivencia y oportunidades de desarrollo.
No era una división perfecta, pero existía una idea clara: ambos necesitaban del otro.
Con el paso de los años, esa frontera comenzó a volverse más difusa. La sociedad cambió, las dinámicas familiares se transformaron, las jornadas laborales se hicieron más demandantes y la escuela empezó a recibir expectativas cada vez más amplias. Hoy esperamos que, además de enseñar, también forme emocionalmente, prevenga riesgos sociales, fortalezca habilidades para la vida, resuelva conflictos de convivencia y responda a necesidades muy diversas de cada estudiante.
La mayoría de las escuelas asume ese reto con enorme compromiso. El problema aparece cuando, sin darnos cuenta, comenzamos a pensar que la educación depende principalmente de la institución escolar.
El desgaste silencioso de la desconfianza.
Basta observar algunas conversaciones cotidianas para notar cómo se ha instalado cierta desconfianza mutua.
- “En la escuela no le ponen suficiente atención”.
- “En casa no hay seguimiento”.
- “Los maestros exigen demasiado”.
- “Los padres ya no ponen límites”.
Estas frases no siempre son falsas, pero tienen un problema: convierten una situación compleja en una búsqueda de culpables.
Cuando eso ocurre, el centro de la conversación deja de ser el bienestar del niño y se convierte en la defensa de posiciones. La familia siente que debe proteger a su hijo; la escuela siente que debe justificar su trabajo. Poco a poco, la colaboración se desgasta.
Y, paradójicamente, quienes más resienten esa distancia son los propios estudiantes.
Lo que los niños perciben.
Los adultos solemos pensar que los conflictos entre escuela y familia permanecen en el mundo de los adultos. La realidad es distinta. Los niños perciben los gestos, los tonos de voz, las tensiones y los mensajes contradictorios con mucha más claridad de la que imaginamos.
Cuando un estudiante escucha constantemente críticas hacia su escuela, puede comenzar a perder confianza en sus maestros. Cuando percibe que la escuela descalifica a su familia, también se siente dividido. En ambos casos aparece una sensación de inseguridad: las dos figuras que deberían acompañarlo parecen no caminar en la misma dirección.
Por eso, construir una relación sana entre padres y docentes no es un asunto administrativo; es una necesidad emocional y educativa para los alumnos.
Escuchar antes de señalar.
Quizá uno de los cambios más urgentes sea recuperar algo que parece sencillo, pero que cada vez practicamos menos: la escucha genuina.
Escuchar a la familia antes de asumir que exagera.
Escuchar al docente antes de concluir que no está haciendo su trabajo.
Escuchar al estudiante antes de tomar partido.
Detrás de una queja suele haber preocupación. Detrás de una respuesta defensiva suele haber cansancio. Cuando logramos mirar más allá de la reacción inmediata, descubrimos que la mayoría de las personas involucradas persigue el mismo objetivo: que los niños aprendan, se sientan seguros y puedan desarrollarse plenamente.
La alianza que vale la pena reconstruir.
Esto no significa que familias y escuelas deban estar de acuerdo en todo. Habrá diferencias de opinión, decisiones difíciles y momentos de tensión. La verdadera comunidad educativa no se construye evitando los conflictos, sino aprendiendo a enfrentarlos desde el respeto y la confianza.
Una reunión donde ambas partes buscan comprenderse tiene un efecto muy distinto a una reunión donde cada quien intenta demostrar que tiene la razón. Un mensaje enviado con disposición al diálogo abre puertas que una acusación inmediata suele cerrar.
Reconstruir esta alianza exige esfuerzo de todos.
- De las familias, para involucrarse activamente en la formación de sus hijos más allá de las calificaciones.
- De los docentes, para mantener canales de comunicación cercanos y empáticos.
- De los directivos, para generar espacios donde el diálogo sea posible incluso en medio de las diferencias.
La buena noticia es que muchas escuelas ya lo están logrando. Cada vez que un padre pregunta “¿cómo puedo apoyar desde casa?”, cada vez que un maestro comparte no solo dificultades sino también avances, cada vez que una comunidad celebra conjuntamente los pequeños logros de sus estudiantes, se fortalece ese tejido invisible que sostiene la educación.
Porque, al final, ningún proyecto educativo puede florecer en medio de la desconfianza permanente. Los niños necesitan adultos que, aun pensando diferente, sean capaces de colaborar por su bienestar.
Tal vez la pregunta no sea “quién está fallando”, sino qué podemos hacer para volver a reconocernos como aliados.
En la próxima entrega hablaremos precisamente de ese camino posible. Exploraremos cómo construir una verdadera comunidad educativa, donde escuela y familia dejen de relacionarse solo cuando aparece un problema y comiencen a trabajar juntas para crear entornos más humanos, más cercanos y más esperanzadores para nuestros niños y jóvenes.


EDUCAR EN COMUNIDAD
Primera entrega: Cuando enseñar también significa sostener.
Son las 6:30 de la mañana.
Mientras muchas familias apenas comienzan el día, en una escuela ya hay alguien abriendo los portones, revisando que todo esté listo y resolviendo el primer imprevisto de la jornada. Minutos después empiezan a llegar los alumnos: algunos sonríen, otros cargan mochilas demasiado pesadas y unos cuantos traen consigo algo que no se alcanza a ver… preocupaciones, tristeza, enojo o miedo.
En uno de los salones, una maestra recibe a treinta estudiantes con un “¡Buenos días!” lleno de entusiasmo. Lo que pocos saben es que antes de sonar el primer timbre ya respondió correos, atendió mensajes de padres de familia, ajustó una planeación porque un alumno necesita apoyo adicional y pensó en la mejor manera de motivar a ese niño que lleva días sin participar.
La clase apenas comienza.
Y, sin embargo, la enseñanza ya empezó mucho antes.
Durante años imaginamos que la labor de un docente consistía, principalmente, en transmitir conocimientos. La imagen parecía sencilla: un profesor frente a un grupo compartiendo aquello que sabía. Pero las escuelas de hoy cuentan una historia muy distinta.
Actualmente, enseñar también significa escuchar, contener, orientar, mediar, adaptar, acompañar y, muchas veces, reconstruir aquello que el mundo exterior ha ido desgastando.
Las aulas se han convertido en el reflejo de nuestra sociedad. En ellas conviven niños y jóvenes con realidades profundamente distintas: algunos enfrentan ansiedad, otros viven procesos familiares complejos, otros requieren apoyos específicos para aprender y muchos llegan buscando algo que va más allá de una buena clase: un adulto que los vea, los escuche y crea en ellos.
Ningún libro de texto alcanza para preparar a un docente para todas esas realidades.
Sin embargo, ahí están.
Cada mañana.
Intentándolo una vez más.
A esa responsabilidad se suma otra que suele pasar inadvertida: la de quienes dirigen las escuelas.
Existe la idea de que un director únicamente administra una institución. La realidad es muy diferente. Un director es, con frecuencia, el primero en llegar y el último en irse. Es quien atiende una emergencia médica, media un conflicto entre familias, acompaña a un maestro que atraviesa un momento difícil, responde a las autoridades educativas, organiza eventos, toma decisiones complejas y procura que cientos de personas puedan convivir en un ambiente seguro y favorable para aprender.
Mientras todo parece funcionar con normalidad, pocas veces pensamos en la enorme cantidad de decisiones que alguien tuvo que tomar para que ese día escolar ocurriera.
Quizá ese sea uno de los mayores desafíos de la educación actual: gran parte del trabajo más importante ES INVISIBLE.
No se ve el tiempo invertido preparando una clase que despierte la curiosidad de los alumnos. No se ven las horas dedicadas a revisar tareas o diseñar estrategias para que nadie se quede atrás. No se ven las conversaciones difíciles con familias, las reuniones interminables, los reportes administrativos ni el esfuerzo constante por mantener el equilibrio entre las necesidades de estudiantes, maestros, padres de familia y autoridades.
Vivimos en una época donde las expectativas hacia la escuela han crecido enormemente.
Esperamos que forme ciudadanos responsables, que promueva la salud emocional, que prevenga el acoso escolar, que fortalezca valores, que innove, que incorpore tecnología, que obtenga excelentes resultados académicos y, al mismo tiempo, que responda de manera inmediata a cualquier inquietud de las familias.
Todo ello es deseable. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué necesitan quienes hacen posible esa misión todos los días.
Hablar de esta realidad no significa colocar a los docentes y directivos en un pedestal ni afirmar que las escuelas sean perfectas. Como cualquier institución formada por personas, también enfrentan errores, desafíos y oportunidades de mejora.
Lo que sí significa es reconocer algo profundamente humano: detrás de cada aula hay personas que también sienten cansancio, incertidumbre y preocupación; personas que celebran los logros de sus alumnos como si fueran propios y que, cuando alguno enfrenta dificultades, suelen llevarse esa inquietud hasta casa.
Tal vez por eso una de las palabras que mejor describe la labor educativa en nuestros días sea SOSTENER.
- Sostener el aprendizaje cuando existen rezagos.
- Sostener la esperanza cuando un estudiante pierde la confianza en sí mismo.
- Sostener a un compañero de trabajo en medio del agotamiento.
- Sostener una comunidad escolar donde conviven cientos de historias distintas.
Y hacerlo, muchas veces, sin que nadie lo note.
Quizá ha llegado el momento de mirar a nuestras escuelas desde una perspectiva diferente. No únicamente como el lugar donde nuestros hijos aprenden matemáticas, ciencias o historia, sino como espacios profundamente humanos donde cada día decenas de personas trabajan para construir oportunidades de futuro.
Porque la educación nunca ha sido una tarea sencilla. Pero hoy, más que nunca, requiere comprensión, empatía y reconocimiento hacia quienes la hacen posible.
Después de todo, es difícil pedir que una escuela cuide de sus estudiantes si antes no aprendemos a cuidar también de quienes dedican su vida a educarlos.
En la siguiente entrega abordaremos una pregunta que, quizá, explique buena parte de los retos que hoy enfrentan nuestras escuelas: ¿en qué momento dejamos de vernos como aliados? Reflexionaremos sobre la relación entre las familias y la escuela, y sobre cómo recuperar una alianza que siempre ha sido indispensable para el bienestar y el desarrollo de nuestros niños y jóvenes.


Métodos de enseñanza innovadores y su impacto en el aprendizaje.
En la época de hoy, marcado por el progreso tecnológico rápido y los cambios sociales en curso, se están desactualizando formas de enseñanza de la vieja escuela. La enseñanza moderna necesita métodos creativos que no solo atraigan el interés de los estudiantes, sino que también promuevan un aprendizaje importante donde la escuela se extiende más allá del aula y el vecindario se compromete más. Esta pieza examina diferentes formas creativas de instrucción y su efecto en la educación.
Uno de los métodos más destacados es el “aprendizaje basado en el proyecto (ABP)”. Según Thomas Markham (2011), ABP permite a los estudiantes trabajar en proyectos reales que requieren investigación y resolución de problemas. Este método no solo fomenta el aprendizaje práctico, sino que también fomenta habilidades esenciales como el trabajo en equipo y el diálogo. Una investigación de Bell en 2010 descubrió que los alumnos involucrados en tareas relacionadas con ABP tenían una mejor memoria de hechos y habilidades prácticas que los compañeros que estudiaron utilizando formas convencionales. Otro enfoque creativo son las “características similares al juego”, lo que significa agregar aspectos de juego al aprendizaje. Deterding (2011) describe la gamificación como la aplicación de elementos del juego para cambiar la forma en que actúan las personas. Los estudios indican que la incorporación de elementos del juego puede aumentar el entusiasmo y la dedicación de los estudiantes. La investigación realizada por Hamari (2016) mostró que el uso de técnicas similares al juego mejoró los resultados de aprendizaje mejorados y la felicidad del estudiante. El “aula invertida” o “clase girada” es otro método que se ha vuelto popular. En este sistema, los alumnos adquieren nuevos conocimientos en el hogar a través de videos o textos, y utilizan tiempo de clase para la discusión, la práctica y la aplicación del material aprendido. Una investigación de Bergmann y Sams en 2012 encontró que este enfoque no solo mejora la comprensión del tema, sino que también permite una mayor participación entre los alumnos e instructores durante las lecciones. Además, es crucial resaltar la aplicación de “nueva tecnología”, como la realidad aumentada (AR) y la realidad virtual (VR). Estas herramientas proporcionan sesiones atractivas que pueden mejorar la educación.
Una investigación de Mikropoulos y Natsis en 2011 encontró que los alumnos en entornos de AR se sentían más motivados y tenían mejor comprensión de ideas que aquellos que usaban técnicas tradicionales. Pero, a pesar de que estas nuevas técnicas ofrecen beneficios claros, ponerlos en acción trae dificultades. Es crucial que los maestros obtengan una instrucción suficiente para emplear estos métodos adecuadamente. Además, se necesita una modificación en las instalaciones escolares para acomodar estas nuevas técnicas de enseñanza.
Al final, las técnicas de enseñanza creativa como el aprendizaje basado en proyectos, las actividades similares al juego, las clases involucradas y la aplicación de nuevas tecnologías mejoran en gran medida la educación de los estudiantes. Cambiar estos métodos no solo aumenta el mantenimiento de la memoria, sino que también equipa a los alumnos para abordar las dificultades actuales. A medida que seguimos encontrando nuevos métodos de instrucción, es crucial seguir examinando y evaluando su éxito para garantizar un buen aprendizaje.
REFERENCIAS: El impacto de las redes sociales en la comunicación. Educación basada en proyectos para la era moderna: habilidades para mañana. – Bergmann, J. y Sams, A. (2012). Voltee su salón de clases: involucre a todos los estudiantes en cada lección todos los días. Desde elementos de diseño de juegos hasta gamfulness: Definir “gamificación”. – Hamari, J., Koivisto, J. y Sarsaari, J. (2016). ¿Funciona la gamificación? Un resumen de la investigación sobre el aprendizaje basado en juegos. – Mikropulos, T.A. y Natsis, A. (2011). Mundos virtuales educativos: una visión tridimensional.


En la siguiente entrega abordaremos una pregunta que, quizá, explique buena parte de los retos que hoy enfrentan nuestras escuelas: ¿en qué momento dejamos de vernos como aliados? Reflexionaremos sobre la relación entre las familias y la escuela, y sobre cómo recuperar una alianza que siempre ha sido indispensable para el bienestar y el desarrollo de nuestros niños y jóvenes.

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